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La familia supone el principal punto de apoyo para toda la gente de bien. Cuando nos encontramos tristes y desolados las personas decentes acuden rápidamente al hombro de algún consanguíneo sobre el cual llorar las penas. La importancia del lazo emocional basado en el parentesco no radica tan solo en ayudar cuando vienen mal dadas sino que en muchas ocasiones también nos sirve como una fiable fuente de información acerca del mundo que nos rodea e incluso del universo más privado de nuestra propia conciencia. ¿Acaso hay alguien que nos conozca mejor que nuestra propia esposa? En muchas ocasiones el desconocimiento de nosotros mismos es tal que ni todos los espejos del mundo pueden hacer que tengamos una idea remotamente aproximada de la imagen que proyectamos al resto del mundo. Por ello cuando Claudio, Emperador y Dios romano a partes iguales, contempla un retrato suyo se extraña de la apariencia que tiene y busca el sabio consejo de su querida Mesalina, esposa amante y devota, para cerciorarse si la representación realizada por el artista es medianamente acertada. La cercanía del ser amado le brindará a Claudio una respuesta certera y sincera que le despejará todas las dudas.
“Nobody is familiar with his own profile, and it comes as a shock, when one sees it in a portrait, that one really looks like that to people standing beside one. For one's full face, because of the familiarity that mirrors give it, a certain toleration and even affection is felt; but I must say that when I first saw the model of the gold piece that the mint-masters were striking for me I grew angry and asked whether it was intended to be a caricature. My little head with its worried face perched on my long neck, and the Adam's apple standing out almost like a second chin, shocked me. But Messalina said: "No, my dear, that's really what you look like. In fact, it is rather flattering than otherwise."”
Robert Graves (1935). Claudius the God.
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